Admiro a los escaladores. Valientes guerreros que empiezan su camino mirando hacia el cielo, al infinito, sin llegar a ver el final de su camino. Pero eso no les conduce al desánimo, simplemente son conscientes de que deben luchar duro para alcanzar la cima de la montaña y que con cada paso que den estarán mucho más cerca de su objetivo.
Pero para ser escalador, no es necesario trasladarse a una montaña, no. Sólo hay que buscar una cima, lo suficientemente exigente y retadora como para que valoremos con franqueza el resultado obtenido cuando pongamos la bandera en su extremo final. Sólo debemos marcanos un objetivo claro, realista y ambicioso.
Cuando alcanzas el pico más alto, tienes la tendencia de mirar abajo y soltar una expresión de asombro; echas la mirada atrás y ves todo lo que has recorrido, qué has tenido que dejar atrás, cuantas penurias has pasado, cuántas veces has perdido tu tiempo y en cuantas lo has aprovechado... Igualmente valoras tu tiempo y todo lo que te rodea reduciéndolo a su máxima expresión. Analizas con minuciosidad aquello que te ha sido útil para alcanzar tu meta y te gustaría haberte dejado otras tantas en la falda de la montaña.
Arrepentirse no vale de nada si no aprendes de ello y te sirve para encauzar tu futuro. Es complicado alcanzar la cima, lo sé, y podría decir que lo más difícil es mantenerse en esa cima, en ese estado de éxtasis, donde las endorfinas recorren todo tu cuerpo como si de culebras se tratara; pero hay que tener en cuenta otra serie de factores, lo mejor está por llegar, cuando estás celebrando el éxito y descorchas el champán, se te va la mirada al infinito y ves otra montaña nueva, distinta a la que acabas de culminar.
¿Cuál es tu límite?
